CULTURA | EL CARNAVAL: MEMORIA VIVA DE LOS PUEBLOS DE HIDALGO
Por: Amilcar Torres Martínez
En México, las fiestas tradicionales son mucho más que celebraciones: son expresiones vivas de identidad, memoria y pertenencia. A lo largo del país, el color, la música, el baile y los rituales colectivos se convierten en lenguajes que narran la historia de los pueblos. Entre estas festividades, el Carnaval ocupa un lugar especial por su profunda carga simbólica y cultural.
Celebrado antes del inicio de la Cuaresma, el Carnaval marca un tiempo de permisividad y encuentro comunitario previo al periodo de recogimiento espiritual. Su origen es antiguo y diverso, con raíces paganas que, con la llegada del catolicismo, se fusionaron con las cosmovisiones indígenas, dando lugar a expresiones únicas en cada región del país.
En Hidalgo, el Carnaval se manifiesta con una riqueza cultural excepcional. Presente en comunidades urbanas y rurales, adquiere un carácter místico y ritual, especialmente en regiones con población indígena nahua, tepehua y hñahñu. Aquí, el Carnaval no es espectáculo: es tradición viva, herencia colectiva y vínculo con la tierra.
La Huasteca Hidalguense se distingue por la Danza de los Mecos, donde el cuerpo pintado con tierra, lodo y hierbas simboliza la conexión con la naturaleza. En la Sierra Alta, particularmente en Calnali, la Danza de los Cuernudos refleja antiguas creencias comunitarias. En el Valle del Mezquital, municipios como Tecozautla, Tasquillo y Huichapan conservan la figura de los Xithas, mientras que en Alfajayucan perdura el ritual de los naranjazos. En Huehuetla, los llamativos vestuarios y el baile sobre brazas refuerzan el carácter ceremonial de la festividad.
Aunque cada comunidad define su propio tiempo de celebración, todas coinciden en los días previos al Miércoles de Ceniza como el momento de mayor expresión festiva. Así, los Carnavales de Hidalgo se consolidan como un patrimonio cultural que trasciende el calendario y mantiene viva la identidad de sus pueblos.
